Efecto Tequila: la crisis mexicana

Se acerca 1994, año de elecciones, y aparentemente las cosas en México van como la seda: el país, en manos de Carlos Salinas de Gortari y del Partido Revolucionario Institucional (PRI), vive en un contagioso estado de euforia, animado por el éxito de las privatizaciones (se venden bancos como si fuesen tortillas de maíz) y por la lluvia de dinero procedente del exterior. El Gobierno aprovecha la coyuntura para emprender obras públicas faraónicas, lo que dispara el nivel de déficit y obliga a la administración a emitir unos títulos mágicos, los Tesobonos, que no se pagan en pesos, sino en dólares (señal de que, en el fondo, el presidente Salinas es consciente de que la moneda nacional está hinchadísima y corre el riesgo de devaluarse).

Los problemas no tardan en asomar de debajo de la alfombra. El primero en hacerlo es el de la banca: 18 entidades han caído en manos privadas, la mayoría inexpertas y casi todas simpatizantes de Salinas, que han solicitado créditos vertiginosos (la tasa de morosidad trepa del 1,5 al 8 por ciento en cinco años) y han aprovechado la debilidad de las normas para aprobar fallidas operaciones de riesgo y realizar toda clase de irregularidades contables. Al Estado no le queda más remedio que dejarse 60.000 millones de euros en rescatar al sector.

El segundo problema estalla el 1 de enero de 1994, fecha en la que los indígenas de Chiapas se levantan contra el Gobierno y organizan el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, que exige la modernización de las zonas rurales. En marzo, en un clima político tenso y podrido de corrupción, el candidato del PRI a la presidencia mexicana, Luis Donaldo Colosio, es asesinado; seis meses después cae abatido el secretario general del partido, José Francisco Ruiz Massieu. Entonces la gente se inquieta y empieza a vender sus Tesobonos.

Aún enfangado con las entidades recientemente privatizadas, el Banco Central decide mantener los tipos de interés (subirlos le habría permitido estabilizar el mercado, aunque le habría costado miles de votos), mantener el peso poco menos que a la par con la moneda estadounidense (3 a 1) y comprar los Tesobonos que los inversores ya no quieren, con lo que deja bajo mínimos su reserva de dólares. Una olla a presión que estalla en la cocina de Ernesto Zedillo, sucesor de Salinas (y también miembro del PRI).

Lo primero que hace Zedillo cuando asume la presidencia de México en el invierno de 1994 es cometer el llamado error de diciembre: desliza en un encuentro con directivos de todo el mundo que tiene previsto devaluar el peso y dejar de comprar Tesobonos. El error no radica en las medidas en sí (son extraordinariamente sensatas), sino en el hecho de haberlas comentado, de haber revelado sus intenciones, de haber alertado a los inversores, que inmediatamente agarran su dinero y salen corriendo del país.

Cometido el error, a Zedillo no le queda más remedio que dejar de controlar el peso (al quedar a merced del mercado experimenta una fuerte y realista caída), subir los tipos de interés (la ruina absoluta para muchísimas familias) y dejar al país sumido en una brutal contracción que se expande por el resto de América Latina (el efecto tequila). Harán falta 50.000 millones de dólares (20.000 de Estados Unidos y 30.000 del Fondo Monetario Internacional y de otro fondo de ayuda especial) para que el país levante cabeza.

Gracias a que México tiene un sector turistico sólido con destinos como Riviera Maya desde donde muchas personas viajan haciendo combinados entre Nueva York y Riviera Maya el país puede continuar a flote.

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